Con esta entrada de la web de Villarejo Seco inaguramos dos nuevas categorías: Memoria Histórica y Rincón Artístico. En la primera recogeremos todas aquellas aportaciones que nos ayuden a comprender cómo era la vida en el Villarejo Seco de nuestros padres y abuelos, así como anécdotas o narraciones más o menos históricas de hechos acontecidos en nuestro Seco. En la categoría Rincón Artístico recogeremos aquellas expresiones artísticas que tengan como protagonista nuestro pueblo ya sean narraciones, fotografías, pinturas, poemas…
En esta primera narración el autor, Fausto Torrijos Cuesta, nos explica la vida de “Catón el Carpintero”, de como se suicidó y de la incomprensión y impotencia que sintió al ver como era enterrado prácticamente sin acompañantes, en un rincón apartado del cementerio y sin que tañeran las campanas por él.
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El carpintero Catón
Correría el año 1944 cuando una familia procedente de la cercana Huerta de la Obispalía se estableció en Villarejo Seco. La familia de Catón, el carpintero.
A este buen hombre hacía poco tiempo que se le había muerto la mujer, quedando solo al cargo de sus tres hijas: Concha, Venancia y Antonia, la más pequeña, con la que recuerdo haber jugado de chiquete.
Al parecer, tras fallecer su mujer, Catón comenzó a beber de más y a llevar una vida un tanto “desordenada”, por así decirlo. Debido a ello a las dos hijas mayores se las llevaron unos tíos a Madrid, en tanto que la más pequeña quedaba en la Casa de Misericordia de Cuenca.
La puerta de la casa donde vivía Catón daba a una pequeña plaza, frente al horno donde por aquel entonces la gente hacía y cocía el pan, al lado de la fragua en la fuente, en el barrio llamado del Perebel. Desde allí, podía disfrutar de la vista de los primeros rayos del sol de la mañana cayendo sobre el Arrabal.
Aquella casa no era de Catón y llegó el día en que la dueña la necesitó, de manera que hubo de irse a vivir a la antigua cárcel, debajo del ayuntamiento y las escuelas. Y allí instaló el taller de la carpintería.
Casi siempre estaba rodeado de chiquillos. Le gustaba contarnos chascarrillos y adivinanzas y a la que nos poníamos un poco pesados nos decía que nos iba a dar con el martillo en el cogote.
Se metió a sacristán, trabajo que compaginaba con el de carpintero y que consistía en encargarse de los tres toques de campana antes de la misa, el toque de la consagración, repicar en las vísperas de las fiestas principales, el toque de doblar cuando fallecía alguien, al amanecer, a las doce del mediodía el Ángelus y al anochecer el toque de oración, tras el que los chavales dejábamos de jugar y marchábamos a nuestras casas. Por cierto, cuando la persona fallecida era un niño el toque de la campana era a gloria.
El señor cura, Don Eulogio, y él hacían muy buenas migas; en las procesiones y misas de difuntos cantaban los dos de maravilla. Sobre todo el canto gregoriano en la misa de difuntos; hacían un dúo perfecto.
Todas las Semanas Santas nos hacía una carraca de madera, que nos cobraba a huevo, para que tocáramos por las calles, porque esos días estaba prohibido tocar las campanas. A mi primo Antonio le regaló la que tenía él, de cuatro lengüetas, para tocar en misa, y a mi primo Nicolás le hacía una de dos. Se querían mucho; todas las mañanas les tenía que hacer las gachas a los dos, si no Nicolás no almorzaba.
Era muy buena gente aquel hombre. No daba valor al dinero, teniendo para un cuartillo de vino era el hombre más feliz del mundo. Claro que así le pasaba y la mayoría de los días estaba entre Pinto y Valdemoro, lo que no quitaba para que si cualquier persona le llamara para encargarle alguna cosa le faltara tiempo para ir a hacérsela. Y, por supuesto, cuando esto sucedía ya tenía el almuerzo la comida y la cena aseguradas.
Parecía llevar un tiempo haciendo una vida muy ordenada. Vino sólo bebía en las comidas y parecía otra persona hasta con los chavales con los que tanto le gustaba convivir.
Era principios del verano, no recuerdo si del año 1951 o del 1952, precisamente el 24 de junio, día de San Juan. Aquel día no había abierto las puertas de la iglesia ni tocado las campanas para ir a misa. El señor cura se extrañó y fue a la antigua cárcel a ver si allí estaba; se encontró con la puerta cerrada, la empujó hasta abrirla y allí frente a ella se lo encontró muerto, colgado de una cuerda al cuello que había atado en un clavo de una viga. Catón se había subido a una silla, atado la cuerda y dejado caer.
El señor cura, del susto, quedó consternado. Jamás se hubiera imaginado lo que sus ojos estaban viendo. Rápidamente se corrió la voz y los primeros en llegar fuimos los chavales, incapaces de comprender el motivo, la razón que le había llevado a cometer semejante acto. Impresionaba verlo colgado como a un pelele de Pascua.
Pronto llegaron las personas mayores, entre ellos el juez y el alcalde; a todos los chavales, que estábamos muertos de miedo, nos echaron fuera para que no presenciáramos el descendimiento. Los mozos se quedaron haciéndole guardia, relevándose de dos en dos.
Al día siguiente, por la mañana, le hicieron la autopsia, para enterrarle por la tarde.
Yo quería ir al entierro, pero mi madre no me dejaba, me decía que al entierro de la persona que se quitaba la vida sólo asistían los familiares más allegados. Por fin pude salir de la casa y subir a la era de la tía Paulina en el momento en que subía el cortejo por la puerta de la iglesia. Sólo le acompañaban ocho o diez personas; las campanas no le doblaban, el señor cura no le acompañó y ni un mal responso le cantaron en el trayecto hasta el cementerio… ¡con los que él había cantado a todos los difuntos mientras había sido sacristán!. Nadie rezó un padre nuestro por su alma.
Lo enterraron en un apartado que había en una esquina del cementerio de unos diez o doce metros cuadrados; allí lo dejaron en la caja de tablas sin forrar de tela que le hicieron para su último viaje.
Todavía después de tantos años transcurridos, las personas mayores nos preguntamos que motivo le llevaría a cometer semejante acto.
Era Catón bohemio y dicharachero, y las personas que convivimos con él le recordamos con cariño mientras contamos las vivencias compartidas.
Así era, y así termino su vida, nuestro carpintero Dionisio, a quién por seudónimo o mote conocíamos como Catón.
Villarejoseco, 3 de febrero de 2010
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