DSCN0724.JPGComo ya sabréis la mayoría, Fausto Javier Torrijos, el pequeño de Fausto o, simplemente, Javier, que de todas estas maneras es conocido nuestro protagonista de hoy, se casó el pasado 15 de septiembre. El evento, sin duda una de las páginas más gloriosas de la reciente crónica rosa del pueblo contó con la presencia de destacad@s miembros de la sociedad secana, lo que, sin duda, colaboró a darle al asunto un singular tono de distinción y elegancia. La ceremonia fue de las de toda la vida,  nada de bodas civiles, gays o por el rito zulú, sino por la Iglesia Católica Apostólica y Romana, como marca la tradición, y nada menos que en la Basílica de Atocha, como corresponde a la alcurnia de los contrayentes. En cualquier caso, y no obstante lo ilustre del recinto, la ceremonia fue de notable sencillez y brevedad, lo que sin duda agradecieron quienes asistieron al enlace in situ, aunque nos tememos que no tanto quienes lo hicieron desde el bar de enfrente. Y durante la misma no se registraron incidentes de importancia: ni los peques armaron demasiado follón, ni sonó ningún móvil inoportunamente, ni se escuchó ningún ronquido en medio de la homilía, ni los novios pidieron el comodín del público en el momento de la crucial pregunta que habría de unirlos para siempre. En definitiva, una ceremonia en la que todo transcurrió como estaba previsto, y en la que los momentos cumbres fueron, sin duda, el “sí quiero” y posterior beso de los novios, quizás más largo y “profundo” de lo que recomienda la Conferencia Episcopal para estos casos, y la lectura de la legendaria Carta a los corintios de San Pablo por parte de Fausto. Bien es cierto que se propuso como alternativa alguna de las cartas que Jose envió a la Gregoria cuando hacía la mili en Oviedo, pero finalmente se optó, con buen criterio, por Pablo y sus corintios. Una vez arrojado el arroz y el confeti, y hechas las fotos de rigor, l@s invitad@s se encontraron ante una crucial encrucijada ¿qué hacer durante las casi tres horas que teníamos por delante hasta el comienzo del convite?. Evidentemente, cualquier opción pasaba por ir de botellines, pero una vez descartada Ca´la Eusebia por su lejanía, las elecciones fueron diversas y mientras unos optaron por hacer un recorrido turístico por los bares, tascas y tabernas del Madrid de los Austrias,  otr@s, de menor espíritu nómada, o mayores obligaciones familiares y conyugales, eligieron el sedentarismo y el dejar pasar las horas en alguna terraza. Respecto a la comida, y aunque en alguna mesa se echara en falta algún entrante a base de forrete asado o de choricetes del pueblo, hubo unanimidad en reconocer que todo estaba de rechupete. Eso sí, si algún pero hay que poner es que en alguna mesa –y ya os podéis imaginar en cuales- quizás el ritmo escanciador de l@s camarer@s no estuvo siempre a la altura de las demandas de vino de l@s comensales. Paradójico contratiempo éste en la boda de uno de los mayores bebedores de vino que se ha visto por las cuevas en las últimas décadas. Pero tiempo habría de compensar en la barra libre semejante carencia; l@s invitad@s lo sabían y, seguramente, l@s camarer@s también. El baile, como suele ser habitual en estos casos, y máxime cuando los del Seco andamos en el ajo, terminó por convertirse en una alegre jarana que se prolongó hasta las 5 y pico, puesto que de allí no lograba echar a los últim@s invitad@s el personal de hotel ni con agua caliente. Y aquí hay que hacer un público homenaje al grupete de colegas de los novios que aguantaron ahí, al pie del cañón, hasta el final, y para los que desde aquí reclamamos la concesión inmediata de la ciudadanía honorífica del Seco. En fin, hasta aquí llega este relato de la boda de Javier y Sara. Desde aquí les deseamos una vida llena de amor y felicidad.

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